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Soy español. Pertenezco al único país del mundo (excepto Bélgica) que se odia a sí mismo. Un país que no quieren ni los propios españoles, que se definen antes como vascos, gallegos, catalanes, canarios (que son AFRICANOS y no europeos) o castellanos antes que pertenecer a una ¿nación? que, pese a tener unas riquezas incalculables sacadas por aztecas, incas, mayas y aymaras a golpe de latigazo durante 400 años, lo único que ha traído al mundo son las corridas de toros, las panderetas y los botijos. Imperio de paletos cuyo analfabetismo jamás ha sido erradicado, y que exportaron al mundo entero, incluidas las Islas Filipinas. Que no saben lo que es una ducha porque la poca agua que dejan las sequías en el territorio español se dedica a cultivar arroz aceitunas. Que cuanto más se lavan los dientes, peor huelen.
Así las cosas, España, el país más vago de la Tierra (hasta tuvimos que contratar a comunistas europeos y fascistas italianos para que lucharan en nuestra Guerra Civil por nosotros), está mucho más avanzado social y económicamente que CUALQUIER otro país de habla hispana. Enormes empresas españolas como Telefónica o el Banco Santander le han metido la verga a media América Latina, desde México hasta Punta Arenas pasando por Bolivia, desde Lima hasta Buenos Aires, desde Montevideo hasta Guadalajara. Explotando a esa raza bastarda llamada latinoamericanos (en especial, los mexicanos), la esclavitud de las minas de plata no ha desaparecido en absoluto. Sólo se ha transformado. Los indios que antes esclavizaban los conquistadores españoles (todos ellos analfabetos como Hernán Cortés y/o criminales perseguidos por la justicia española como Nuño de Guzmán) antes recibían latigazos por trabajar poco, ahora reciben un mísero salario a cambio de una mayor gloria para los calvos pero peludos empresarios españoles. Hoy en día, los inmigrantes latinoamericanos (los mexicanos son muy pocos) en España tienen los flamantes empleos de camarero, criada o albañil. Igual que los negros (algunos de ellos, latinoamericanos: dominicanos, cubanos, etc). Aún son siervos de los españoles, pues no saben hacer otra cosa que trabajar para ellos.
Una raza bastarda, en efecto. Cualquier mexicano, colombiano, panameño, etcétera que se mire al espejo, en cuanto piense un poco, descubrirá cuál es su ascendencia: española y azteca, española y africana (valga la redundancia), española y maya, etcétera. Sólo se libran los argentinos (descendientes de italianos y alemanes) y los mapuches de Chile, pero a estos follapingüinos nadie los quiere. ¿Qué dices de la ibera que le chupa la verga al centurión romano (de la que probablemente tú también desciendas) si tu tatatatatatatatarabuela era la esclava sexual de cualquier soldaducho cobarde español, o simplemente una violada más de las tribus masacradas por los conquistadores? Eres producto del semen de un criminal violador español y su india deshonrada. El peor de los híbridos posibles.
En resumen: sí, volemos España, pero sin olvidarnos de acabar con América Latina y sus bastardos habitantes antes.
Me largo a convertirme en un héroe.
Sage.